Montréal real

Los contrastes aquí no están enemistados sino que se potencian entre sí: lo antiguo y lo moderno, la naturaleza y la arquitectura. Es la ciudad en la que Norteamérica se funde con Europa. Oui. Para muestra, basta la Basílica de Notre-Dame, una visita que no se circunscribe a los fieles de una sola religión. Y el frío, lejos de amedrentar, enciende tradiciones que mantienen la amabilidad y la buena energía de los locales. Es cierto que muchas de estas tienen que ver con la gastronomía. Ejem… el poutine (papas fritas cubiertas de queso y salsa) no se hizo famoso de la noche a la mañana. Pero otras los definen aún más, como la pasión por el hockey sobre hielo, claro. Cuando juegan los Les Canadiens de Montréal las calles se tiñen con los colores del equipo, una pasión que une a grandes y chicos por igual. Ver el partido en el estadio es un gran programa, pero alentar desde un pub también tiene su encanto (cerveza artesanal en mano). Más allá de estos eventos, la ciudad invita a perderse por el Vieux-Port, el Parc du Mont-Royal, el barrio chino y, por qué no, por Rue St-Denis y, de paso, hacer algunas compritas. Otros sitios interesantes:

Museo de Bellas Artes de Montreal

Este museo es, en verdad, un conjunto de edificios conectados por pasillos subterráneos (nadie se anima a asomar la cabeza durante el invierno, así que la ciudad está casi toda conectada de esta forma). Por eso, el mapa del lugar va a ser un gran aliado durante la visita. Además de las exhibiciones temporales, la colección permanente abarca artes decorativas, diseño, arqueología, arte contemporáneo, arte canadiense, escultura, fotografía, artes gráficas y arte moderno. Está dividido en cuatro grandes pabellones y uno más está pronto a inaugurarse a fines de este año. En uno, por ejemplo, hay obras de grandes como Picasso, Rembrandt y Monet. En otro, artefactos Inuit y aborígenes. Y así. Recorrerlo en un día puede resultar agotador, así que lo mejor es organizarse para ir haciéndolo por partes y no perderse nada.

Mercado Jean-Talon

Es cierto que está algo alejado del centro de la ciudad pero vale la pena (foodies, a ustedes les hablo especialmente). Además, hay una estación de metro cerca que lleva su nombre, así que es imposible perderse. Este marché es el corazón de Little Italy y está abierto todos los días. Claro que se disfruta mejor durante el verano pero su ritmo no mengua el resto del año. Hay puestos de frutas, verduras, flores y todo tipo de delicatessens. Es común encontrarse aquí a los chefs haciendo sus compras por la mañana. Pequeños cafés y tiendas especializadas flanquean al mercado y completan su mapa. Entre las imperdibles se encuentra La Fromagerie Hamel, una tienda histórica con quesos de todo tipo, atendida por expertos que saben recomendar de acuerdo al gusto de cada cliente. En Boucherie du Marché la apuesta segura son los fiambres y las carnes, mientras que en Marché des Saveurs du Québec venden productos locales: desde quesos y vinos hasta el tradicional maple syrup. Mi recomendación es probar, comprar y hacer luego un picnic en los jardines del Old Port.

Jardín Botánico

Siempre hay uno, pero no todos son tan especiales como este pulmón de 75 hectáreas, el tercero más grande del mundo después de los Kew Gardens de Londres y Botanischer Garten de Berlín. Alberga 22 mil especies de plantas, por lo que el paisaje es de lo más diverso. También hay invernaderos con cactus, plátanos y 1500 especies de orquídeas; y más de 20 jardines temáticos. Uno de los más visitados es el japonés, con sus estructuras tradicionales, casa de té, galería de arte y un “bosque” de bonsáis gigantesco. El chino, construido bajo los rigurosos principios estéticos de su cultura, es otro de los favoritos, no solo por los centenarios árboles penjing de Hong Kong sino por el espectáculo que presenta cada otoño (de mediados de septiembre a noviembre): el popular Magic of Lanterns. Cientos de faroles de seda hechos a mano brillan en la oscuridad ante la mirada de un público cautivo que vuelve y se sorprende como la primera vez. Sea la época que sea, algún sector va a estar florecido porque está diseñado para que lo haga en etapas. En el sitio web se especifica este calendario de la naturaleza y, además, detalla los eventos y recitales que se desarrollan dentro del Jardín Botánico. Este gran espacio verde forma parte de un complejo al que llaman “Espacio por la vida” que se completa con el Biodomo, un Planetarium y un Insectarium.

Schwartz

Afuera, el cartel anuncia con modestia: charcuterie hebraique. Aquí no hay decoraciones fancy ni meseros exagerados con los modales. Las mesas están apiñadas y se come sobre un mantel de papel. Eso sí, el plato llega a la velocidad de la luz y la atención es cálida. Porque todos vienen a buscar una sola cosa: el sándwich de carne ahumada. Perdón, EL FAMOSO sándwich de carne ahumada. Claro que no es como cualquier otro, este nació en 1928 (sí, este deli es el más antiguo de Canadá y se mantiene ahí, en el mismo exacto lugar) y sigue vigente porque se ganó el título de ícono de la ciudad, alimentado por turistas y locales. Detrás del salón sucede la magia. El restaurante tiene una reserva de 10 mil kilos de carne. Y ese sabor tan particular lleva su tiempo: la maceran durante 10 días, la ahuman durante 8 horas y luego la ponen en vapor para que se ablande y recupere sus jugos. De más está decir que es tierna y deliciosa. La sirven generosamente, entre dos panes de molde untados con una mostaza casera que le da el toque final. Y ahí van, salen unos, entran otros… la rotación es altísima, así a todas horas. De hecho, los viernes y sábados tienen un horario extendido, especial para los noctámbulos.

Tapas 24

El chef catalán Carles Abellán trae un poco de España al corazón de Old Montreal. El restaurante, el único del cocinero fuera de sus tierras, linda con otro espacio más pequeño: Tapas24 Snack Bar. Tiene pocas mesas y una barra para sentar a aproximadamente 20 personas, no más. Y siempre está lleno, a toda hora. Por eso, conviene reservar. Aquí se comen tapas, por supuesto. Nadie se le resiste a unas papas bravas, a unas croquetas de jamón ibérico o a unos huevos con chorizo. Vienen bien para entrar en calor y olvidarse por un rato de las bajas temperaturas exteriores. Los sábados y domingos hay menú de brunch de 10 a 15 h. ¿La recomendación? Mollete de rabo de toro. En el restaurante, la propuesta es distinta, con un menú de platos más elaborados y otro degustación. Durante el verano, las mesas le ganan terreno a la vereda y recuerdan el espíritu del Passeig de Gràcia.