San Blas: tierra Guna

Hace poco leí sobre La Wayaka Current, un programa nómade de residencias para artistas que se desarrolla en entornos naturales. Pero no en cualquiera, sino aquellos en los que los participantes deben adaptarse a un estilo de vida sin electricidad, con pocas comodidades y materias primas. Algo más extremo. Sitios frágiles y en riesgo de desaparecer, con comunidades indígenas relegadas o paisajes amenazados por el calentamiento global. Entonces, los artistas, a través de las obras que producen allí, alzan su voz e intentan generar conciencia. Entre los destinos elegidos se encuentra el norte de Noruega (dentro del Círculo Polar Ártico) y el desierto de Atacama en Chile. Para mi sorpresa, ahora mismo transcurre en San Blas, antiguo nombre para Guna Yala, ese paraíso que queda apenas a tres horas de la ciudad de Panamá (camino sinuoso mediante), del lado del Caribe. Sí, imagínense una postal de arenas blancas, agua en distintas tonalidades de turquesa, palmeras para guarecerse del sol tajante, pocos turistas y locales que conservan su lengua y su cultura, con sus creencias particulares, trajes típicos y artesanías coloridos.

Este archipiélago, formado por 378 islas, es un territorio autónomo comandado por los indígenas Guna. Por eso, al ingresar, hay un puesto de vigilancia en el que solicitan los pasaportes y en donde se abona una entrada. Desde el puerto de Cartí, más bien un muelle, parten las lanchas hacia las islas. Los recorridos convencionales que ofrecen las agencias incluyen el transporte terrestre (sí o sí en 4×4) y la visita a las islas Perro, Aguja y a la laguna. Es una opción para los que van por el día pero, créanme, puede resultar agotador; además la jornada termina aproximadamente a las cuatro de la tarde para llegar antes de que cierre el puerto. Los más aventureros llevan carpa y heladerita para pasar la noche en alguna de las 49 islas habitadas. Otros, en cambio, alquilan una de las pocas cabañas rústicas disponibles. Pero una vez ahí, mimetizados con el entorno, se deciden por dormir a la intemperie para disfrutar de ese cielo plagado de estrellas. A fin de cuentas, no se necesita mucho en un lugar como este. Con el traje de baño, sombrero y protector solar factor 1000 basta. Bueno, y un equipo de snorkel

Navegar las islas es una experiencia totalmente distinta, mi favorita. Hace poco alquilamos un catamaran con unos amigos (dato: en Airbnb se encuentran también veleros) y pasamos dos noches a bordo. La tripulación del Kapuera, un Nautitech 44, estaba conformada por un capitán belga, Arnaud, con su mujer francesa, Lucile, y su pequeña hijita, Rose. Una vez que nos encontramos en el fondeadero, zarpamos rumbo a los Cayos Holandeses, al extremo noroeste del archipiélago. Un lugar aún más remoto, más tranquilo y menos habitado que el resto de las islas. Nos rodeaban apenas cinco barcos. Ahí entendimos que se puede vivir de otra forma. De hecho, nuestros anfitriones llevaban ya varios años ahí, pisando la ciudad cada tres o cuatro meses para reabastecerse. Y aún planeaban pasar otro año más en San Blas, antes de cruzar el canal y mudarse al Pacífico. Las tareas estaban bien divididas: él estaba atento a la embarcación, al viento, a la parrilla y a contestar los mails de los futuros huéspedes (para eso se trepaba al mástil con su iPad y esperaba que la frágil señal haga su magia); ella cocía la ropa de la familia, cuidaba de su hija, dedicada full-time a robarle el corazón a todos, y cocinaba. ¿El menú? Langosta, cangrejo, langosta, cangrejo, langosta… La dieta se balanceaba con pancakes o bizcochuelo de chocolate que preparaba Lucile especialmente.

Los días transcurrieron entre chapuzones, hallazgos entre los corales, videos subacuáticos, siestas en el trampolín de proa, bailes improvisados, lecturas e infinitas charlas. Cada tanto nos visitaban los Guna para ofrecernos su pesca o, en el caso de las mujeres, las molas, un arte textil tradicional con motivos de la naturaleza o diseños geométricos. Un día decidimos reunir a nuestros vecinos en la Isla Barbacoa, con permiso del Guna que la habitaba. Nos encontramos con parejas jubiladas, familias y hasta lobos solitarios de Estados Unidos, Portugal e Inglaterra. Descubrimos que algunos vivían anclados en los Cayos Holandeses hacía más de siete años. Y que se ayudaban mucho entre sí. Después de comer todos juntos, Lucile y Arnaud oficiaron de profesores de salsa. Mientras trataba de seguir sus pasos, me preguntaba si eran conscientes del paraíso que tienen como hogar o si la costumbre les había nublado la visión o, mejor dicho, la capacidad de sorpresa.

Por Mariana Meggiolaro