Como una angelina

Esta es la segunda vez que viajo a la costa oeste de los Estados Unidos. La anterior, visité todos los puntos turísticos de Los Ángeles: caminé por el Paseo de la Fama y por Rodeo Drive, recorrí Universal Studios, me metí de lleno en la obra de Stanley Kubrick en una exposición del LACMA, llegué a la cima del Mount Lee, donde está el famoso cartel de Hollywood… y un etcétera que fácilmente puede completarse con los atractivos que cualquier guía destaca. Pero esta vez fue distinta, porque pude experimentar la vida diaria de los angelinos.

Basta con poner un pie en el aeropuerto de LAX para darse cuenta de que es una ciudad cosmopolita. Y basta llegar al centro de alquiler de autos para corroborar que el Mustang descapotable es el auto preferido de los visitantes para recorrer California al estilo californiano. La primera parada no fue el hotel sino la casa de un amigo, productor de música, quien nos esperaba para ir directo a un recital en el Hollywood Bowl. ¡Qué maravilla de lugar! Es un anfiteatro gigante, al aire libre, con capacidad para 17.500 personas. Esa noche estaba lleno. Si bien hay puestos de comidas y tiendas, los angelinos llevan lo propio, tipo picnic, lo cual crea una atmósfera aún más especial. Ahí, en ese mismo lugar donde bailó alguna vez Fred Astaire y donde tocó Louis Amstrong, sonaban los Funkadelic con George Clinton y Parliament, pesos pesados del funk. Pero la novedad, para mí, fue escuchar ese ritmo mezclado con hip-hop, la combinación perfecta para hacer saltar a todos de sus asientos. Después llegó el turno de Flying Lotus, un artista que toma como base la música electrónica y la eleva a otro nivel con el toque funk y, lo más estimulante, un show visual. Y esas imágenes psicodélicas excedían los límites del escenario y se proyectaban, incluso, en los anillos concéntricos que lo cubren. Caí pronto en ese efecto casi hipnótico. Nota: me contaron que el calendario imperdible del Hollywood Bowl ofrece como evento estable la proyección de la película de Tim Burton The Nightmare before Christmas con orquesta en vivo. La próxima me apunto seguro.

La mañana del domingo transcurrió sobre dos ruedas. Paseamos por Santa Mónica y más tarde tomamos el brunch en Cecconi’s. Los green eggs en tostada con espinaca, aguacate y pesto resultaron ser una delicia, pero la verdadera especialidad ahí, o al menos el plato preferido de los comensales, es la pizza. Claro, todo amenizado con unos cocktails. El ambiente del restaurante nos transportó directo a Rodeo Drive, la calle donde las tiendas venden sus colecciones más exclusivas, los Lamborghini son dorados y los perros pasean con gafas de sol en descapotables. Y es que en Los Ángeles nadie quiere pasar desapercibido.

Hablando de eso… el domingo se reivindicó y para desmitificar su fama de día perezoso nos depositó en una fiesta bastante particular en la que, claro, nadie pasaba desapercibido. La decompression party es una fiesta para recuperarse de… la fiesta. Valga la redundancia. En particular, de Burning Man, este festival en el medio del desierto en la que casi todo vale, menos el dinero. Bueno, como todo lugar en Los Ángeles, siempre hay una zona VIP, para aquellos que quieren diferenciarse del resto. De ahí nació la tribu de los “Gucci Burners”, tal como le dicen a los jóvenes acomodados que juegan a ser hippies por un rato, aunque sin perder el estilo ni resignar comodidades. Los más puristas de Burning Man se quejan porque el festival se volvió mainstream. Ya no es lo que era… Lo cierto es que esta fiesta nómada, la decompression party, reflejaba todo este folclore. En una terraza del hotel Westin, en el Downtown, a eso de las cinco de la tarde empezaron a llegar personajes de todo tipo: un hombre que ofrecía poemas personalizados, otro con cuernos de fauno, chicas en ropa interior y batas transparentes, parejas en pose a la espera que algún lente los encuentre “desprevenidos”, coronas, plataformas, maquillaje artístico, sombreros con plumas, arneses (al parecer son el accesorio más cool y cómodo para la fiesta en el desierto). Y así se recuperaban, con más música electrónica y tragos. Atardeció. Anocheció. Mientras, la gente seguía bailando, algunos como en trance y otros moviéndose por inercia, cada uno en su mundo, sin prejuicios ni preocupaciones. A nadie parecía importarle que el día siguiente se llamaba lunes.

Para nosotros, el lunes llegó sin fantasmas… la ventaja del turista. A juzgar por la cantidad de gente que había en las playas de Santa Mónica, no éramos los únicos beneficiarios del modo vacaciones. De repente, tuve la sensación de que todos eran atletas y deportistas. Eso hasta llegar a Santa Monica Pier, un ícono de la ciudad, punto donde termina la legendaria ruta 66. Allí el viento no permitía tal exhibición de músculos. Después de comer en Cha Cha Chicken (me encanta cómo suena), un restaurante muy colorido e informal de comida caribeña, pedaleamos hasta Venice Beach. Disfruté cada segundo de ese camino que bordea la playa. Ya en Venice, seguimos a pie por el famoso Ocean Front Walk. Debo decir, esperaba otra cosa. El ambiente es bastante peculiar, ecléctico. Intuyo que durante los fines de semana será igual, aunque más concurrido. De fondo, edificios maltrechos, muchos abandonados. Los buenos graffitis les hacen un favor. En primer plano, veteranos de guerra, sanadores, cantantes, artesanos, contadores de chistes, hombres disfrazados de vaya uno a saber qué y un gran número de homeless. Uno más loco que el otro. Todo lucía decadente. En el Skate Park el ambiente es otro. Los skaters tratan de lucirse con sus mejores movimientos ante los curiosos espectadores que dejan escapar “ooohs” y “woows” al ritmo de sus saltos y caídas. Para una postal más bucólica, conviene caminar y descubrir los canales de Venice (¿por qué creían que se llaman así?).

Hay tantos Los Ángeles como culturas de inmigrantes establecidos allí. El barrio de Koreatown es inmenso. Si bien me advirtieron que es algo peligroso (no me pareció así), tenía ganas de conocerlo. Unos amigos nos citaron en Moodaepo II, un Korean BBQ galardonado por la misma comunidad como el mejor. Bastaba con elegir entre una de las tres opciones de menú para que las carnes llegaran crudas a la mesa. Cada una tenía su propio fuego y extractor. Cocinamos, comimos… y nos ahumamos. Pero qué más da. De postre, la estrella de la casa, el macaron ice-cream sandwich. De matcha, Earl Grey, vainilla, lavanda, café, chocolate, crème brûlée, sabores y colores para todos los gustos. Tal como en Los Ángeles.