Cinecicleta: cine en el corazón de África

Foto: gentileza Cinecicleta.

La malaria encontró a Carmelo López en Bamako, Mali. Es la segunda en un mes. Sin embargo, con un ánimo chispeante, conserva el entusiasmo inicial de ese periplo que planeó hace ya más de cuatro años: salir en bicicleta desde Madrid y llegar a Madagascar en dos años, proyectando películas y documentales al andar. Literal. Porque para activar su proyector, se necesita del pedaleo. Pero no está solo, viaja con su novia, Isabel Segura. Juntos dieron forma a Cinecicleta, un cine rodante que llega allí donde el séptimo arte no había llegado antes, a los pueblos más recónditos de África.

¿Cuándo empezó este viaje?
Carmelo: El viaje como tal empezó el 7 de agosto de 2015 en Madrid. Salimos directamente desde la casa donde vivíamos, cerramos la puerta, cogimos las bicis y salimos en dirección sur de España hacia el estrecho de Gibraltar. Pero el proyecto realmente empezó muchos años antes en mi cabeza. De hecho, en ese entonces, todavía no conocía a Isabel. Hace unos cuatro o cinco años, después de haber viajado mucho por distintos continentes con la bicicleta, decidí que había que compensar toda la buena onda que había recibido. En todos los países, desde Mongolia hasta Colombia, la gente se ha comportado maravillosamente conmigo. Me han acunado, me han ayudado con alguna avería y me han dado cobijo cuando el clima no era bueno. Siempre me he sentido muy bien tratado y me parecía que era el momento de devolverlo. Tengo 46 años y quería hacer también un gran viaje en bicicleta antes de que las piernas no tuvieran la fuerza necesaria, ni yo tuviera el ánimo necesario. Entonces, decidí unir la idea del viaje con la de compensar todo aquello.

¿Cómo pensabas compensarlo?
Llevando un regalo, algo que ofrecer. Esa era una idea original, pero tenía que modelarla. Y con tiempo, fui moldeándola. Un día, fui a Cantabria, al norte de España, a visitar a una amiga con la que había compartido un viaje en bicicleta por Mongolia e Islandia. Ella me invitó a un concierto muy especial, de una banda que estaba acogiendo en su casa. Esta banda inglesa, Magnificient Revolution estaba de paso por España. Los músicos iban con sus bicicletas, cargados con los instrumentos, ofreciendo conciertos. Solo esperaban que el público pedalease para generar la energía necesaria para que ellos pudiera tocar. A mí esa idea me pareció fascinante. Y quería hacer algo parecido, pero no tenía una banda de 10 personas, sino que era yo solo. Entonces mi amiga, en un alarde de absoluta claridad, me dio la idea de unir mis dos pasiones: la bici y el cine. Enseguida me puse a fantasear e imaginar qué podía hacer. Empecé a preguntar a ingenieros si podían construirme un aparato que hiciera factible que el pedaleo de una sola persona pudiera sacar energía suficiente para poner en funcionamiento un cine. Hace unos cuatro años esto no era posible, por lo menos para las personas a las que le pregunté. Siempre me decían que necesitaba dos personas como mínimo para poder alimentar un cine, un pequeño proyector y un equipo de audio. Me vine un poco abajo y lo dejé pasar. Seguía con la idea en la cabeza y, de repente, apareció Isa en mi vida. Nos enamoramos locamente y aún más del proyecto. Y decidimos trabajar en él. Cuando le conté la idea a Isa, le dije que yo no quería hacerme mayor sin intentarlo; ella, ni corta ni perezosa, me preguntó si podía acompañarme. ¡Claro! Isabel es una mujer muy inteligente, muy avispada, mucho más que yo, es mi cable a tierra. Ella es ingeniera de montes. Puso manos a la obra, empezó a bucear en internet, navegó, navegó, navegó hasta que encontró una empresa en Inglaterra que hacía ese tipo de equipos.

Resuelta la cuestión técnica…
Mientras tanto, yo seguía nutriéndome de todo lo que veía para sacar adelante el proyecto. En una oportunidad, visité el Museo Reina Sofía en Madrid. Había una exposición sobre el fotógrafo español José Val del Omar, quien había participado en las Misiones Pedagógicas. En la Segunda República de España, un grupo muy interesante de gente dedicada a la educación y la cultura, entre ellos Federico García Lorca y María Zambrano, decidió unirse para lanzar un proyecto para acercar las artes a los pueblos. Mandaron expediciones desde las grandes ciudades a las provincias aledañas, a las aldeas más pobres y abandonadas. Incluso, llevaban en los carros copias tamaño natural de los cuadros más famosos del Museo del Prado, gramófonos para poner música, obras de teatro y declamaban poesía en las plazas. Y también llevaban cine. Y ahí es donde entra Val del Omar, quien se dedicó a fotografiar las caras de las personas que veían cine por primera vez. Cuando ví eso, ¡wow! Pensé: “Cómo me gustaría poder hacer eso mismo en algún sitio donde no hayan visto cine”. Esto me estimuló aún más. Uní intelectualmente a las Misiones Pedagógicas con el proyecto y decidí seguir investigando. Encontramos un documental muy interesante sobre las Misiones Pedagógicas, localizamos al director y le pedimos por favor si nos podía dejar el documental. Todas las películas que exhibimos son cedidas por los directores gratuitamente, sin derechos de proyección ni nada porque nosotros proyectamos gratuitamente, no cobramos nada. Entonces necesitamos la ayuda de los directores. Así las Misiones Pedagógicas se convirtieron en un pilar importante. Ya teníamos el punto de vista intelectual, el aparato y nos faltaba el dinero…

¿De qué manera zanjaron el factor económico?
Primero hicimos algún que otro intento con instituciones españolas. Pero no había dinero, tampoco teníamos muchos contactos. Con lo cual, decidimos trabajar todo lo posible durante dos años y medio. Dejamos de tener vacaciones. Trabajamos, trabajamos, trabajamos. Tuvimos la suerte de no tener que pagar alquiler durante una temporada, entonces conseguimos ahorrar bastante. Como ya teníamos el equipo con nosotros, decidimos acudir a la llamada de aquella gente que nos pedía proyectar en distintas provincias de España. Así que estuvimos haciendo proyecciones, vendíamos camisetas y bolsos con el logotipo de Cinecicleta. Y gran parte de la financiación viene de ahí. También aparecieron otras opciones de la mano de una productora gallega que quería que filmáramos a la gente que veía por primera vez cine en África. Nos buscaron patrocinadores, pero no nos gustaron. Nos gusta ser coherentes con nuestra forma de pensar. Dijimos que no a una empresa grande de refrescos y a una petrolera, no queríamos que se beneficiasen con un proyecto como el nuestro. Fue una decisión difícil, por eso ahora mismo andamos con poca plata. Pero estamos absolutamente contentos. Somos autónomos, libres de hacer lo hacemos, decir lo que decimos. No estamos presionados por nadie. Nos sentimos muy libres, aunque somos muy pobres. No hemos recibido dinero más que de familiares que nos han dado unos cuantos euros para tirar adelante y de algunos amigos. El 75 % de la financiación del proyecto es de Isabel y mío. En nuestro sitio web hay un número de cuenta y a veces nos llega alguna que otra colaboración de particulares. Que alguien nos apoye de esa manera, no deja de maravillarnos. Nos viene bien para cubrir nuestros gastos: la comida y las visas de cada país. No gastamos mucho dinero, por eso nos mantenemos bastante. Vamos tirando de los ahorros que conseguimos al principio.

¿Cómo organizan cada proyección en África?
Esto cambia mucho dependiendo del país, de la región, del idioma que se hable. Cambia dependiendo incluso de cada valle. Lo solemos hacer de varias formas. Hay veces que directamente improvisamos, llegamos con la bici. Nos movemos muchos a través de asociaciones que ayudan a la gente de aquí. Nos da igual el color de la bandera de las asociaciones, nos importa que tengan proyectos interesantes. Nos ponemos en contacto, les contamos dónde estamos y qué hacemos, y ofrecemos la cantidad de proyecciones que sean. Solo necesitamos un responsable que se ocupe de la traducción, de la previa. Es importante decir que pedimos a comida y un lugar donde dormir a cambio de las proyecciones. Nosotros damos una noche de cine, una noche de alegría, una noche diferente en las vidas de esas personas que van a ver una proyección de cine, algo realmente novedoso en muchos de estos pueblos. Entonces nos gusta que también pongan de su parte. Suele suceder que a las asociaciones sí les interesa y es ahí cuando nos ofrecen ir a un pueblo, a un centro de mujeres, a una cárcel, a un sitio de niños talibés… Muchas asociaciones nos abren camino en determinados barrios o ciudades a los que no podríamos llegar sin su ayuda. Otras veces son particulares que conocen a alguien en otro pueblo y piden que nos reciban. Un dato increíble: la hospitalidad en África, por lo menos los países del Africa Occidental Islámica, es tan maravillosa que en 14 meses de viaje hemos pagado cinco días de hotel. Esto es así. Lo pedimos y se nos concede. No lo pedimos y se nos concede. De momento, para nosotros el viaje está siendo seguro. Creemos que es la solidaridad más grande que hemos recibido nunca. La gente es muy agradecida. Ellos dicen una frase: “Nous sommes ensemble” (“estamos juntos”), y es verdad, estamos juntos en esto. Si tienes un problema, te ayudan, con una sonrisa. Y deberías ver dónde viven, cómo visten sus hijos, lo que comen. Es increíble este continente. Por lo que hemos recorrido, que es una pequeña parte, podemos decir que es fascinante. Se está cumpliendo eso de que nosotros veníamos a aprender a África y estamos aprendiendo muchísimo. Estamos aprendiendo que la gente puede ser solidaria, que la gente puede ser magnífica, incluso cuando las condiciones de vida son peores que las tuyas. Esto es una escuela.

¿Hay alguna anécdota en particular que les haya quedado grabada en la cabeza?
Pues, sí, anécdotas hay muchas. Algunos niños, por ejemplo, se acercan sigilosamente a tocar la pantalla una vez terminada la película, supongo que con la curiosidad de saber de dónde salen las imágenes. Esto para nosotros es un shock. También nos ha pasado de llegar al mediodía exhaustos por el calor en medio de la carretera donde no se ve nada humano alrededor y, de repente, aparece alguien con una estera y un poco de agua para que te sientas lo más cómodo posible. Por supuesto que sin haberlo pedido. Esto nos pasa muy a menudo. En otra ocasión, un par de niños se acercaron al finalizar la proyección, tiraron insistentemente de las perneras de nuestro pantalón y nos preguntaron si íbamos a volver al día siguiente. Esto nos enterneció muchísimo. Y nos ha pasado más de una vez. Solo una pudimos volver a un sitio donde habíamos proyectado dos semanas antes. Nos estaban esperando. La luz de las miradas de esos niños, abandonados por sus padres en un orfanato y con dificultad para reírse, dio sentido al proyecto, a todo el esfuerzo que hacemos, a lo mal que la pasamos en la ruta a veces. Nos dio un vuelco el corazón y fue maravilloso. Las proyecciones siempre son especiales. En la última, proyectamos una película en un pueblo de unos 500 habitantes. Allí había por lo menos 400 personas viendo la película. Por cierto, no entendían nada, porque estaba en mambara, francés, inglés y árabe. Aún así, la gente quedó fascinada con las imágenes del desierto y la música. Eso es lo que tiene el cine, la fascinación por la imagen. Y más si es bella. Esas son las anécdotas buenas, luego las hay malas. Pero esas mejor dejémoslas para otro día.

¿Qué tal es la vida en bicicleta?
Hace falta algo de paciencia y saber sufrir un poco. Nuestras bicicletas van cargadas porque llevamos todo lo necesario para ser autosuficientes. Pesan 90 y 65 kilos cada una. Y al ir tan cargadas, se hacen más difíciles las cuestas arriba. Con lo cual, hay que tener buenas piernas y, sobre todo, saber sufrir y no venirse abajo enseguida. La fuerza psicológica es muy importante, casi más que la física. El resto es bastante sencillo. En plano, las cosas funcionan muy bien y suele dar gran satisfacción recorrer sesenta, setenta o hasta cien kilómetros por día. ¿Hay algún otro medio de transporte más barato y más ecológico capaz de llevarte a cualquier lado? Con la bicicleta, tú arrancas cuando quieres, tú paras cuando quieres. La velocidad la pones tú, aunque es un máximo de 30 o 40 km/h. Nos parece una velocidad ideal para poder estar en contacto con el paisaje, la naturaleza, las personas. Solo le vemos ventajas. Llevo unos 15 o 16 años viajando por el mundo en bicicleta. Es lo que más satisfacciones me da. Además, por supuesto, la bicicleta te hace sentir como un crío. ¿No recuerdas acaso la primera vez que montaste en bicicleta la felicidad que te dio? Pues esa felicidad te la proporciona cada vez que subes a la bici y pedaleas. Eso es impagable.

Ellos dicen una frase: “Nous sommes ensemble” (“estamos juntos”), y es verdad, estamos juntos en esto. Si tienes un problema, te ayudan, con una sonrisa. Estamos aprendiendo que la gente puede ser solidaria, que la gente puede ser magnífica, incluso cuando sus condiciones de vida son peores que las tuyas.Carmelo López