10 cosas que aprendí de los japoneses

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1- Hay muchas formas de aprovechar el espacio
 
Viajando en tren de ciudad en ciudad, me encontré con que el entramado urbano no tenía fin. La primera sensación: el agobio. Pero esto no parece afectar a los casi 127 millones de japoneses que habitan la isla. Las pequeñas huertas entre edificios es una de las tantas soluciones ante la falta de espacio. Luego, todo se piensa en forma vertical. Por eso, mirar hacia arriba en las principales ciudades es el secreto para descubrir restaurantes, cafeterías y todo tipo de tiendas que, lejos de competir por el escaparate sobre la calle, se apañan para que sus carteles luminosos sean lo suficientemente atractivos para los curiosos. Sí, hay que explorar para no perderse de nada. Lo mismo bajo tierra. Las estaciones de metro, por ejemplo, son grandes centros comerciales, en los que los transeúntes pueden hacer hasta las compras del supermercado. Además, todo está optimizado. Sin ir más lejos, en las casas, un mismo sitio puede servir de living y de habitación.

2- Hasta un inodoro puede ser inteligente
 
El shock cultural se siente de entrada. Y una de las cosas que más llama la atención a los turistas son los baños. Estos inodoros de avanzada tienen múltiples funciones, entre las que se destaca el calentador de tabla, el bidet, el spray y hasta una sonido que imita al de la cadena para tener mayor privacidad (control de volumen incluido). Pero con el correr de los días uno asume que las máquinas son parte fundamental del día a día nipón. Casi que uno podría pasar una jornada entera sin entrar en contacto con un humano. ¿Para el tren? Máquina expendedora de tickets. ¿Para el almuerzo? Hay restaurantes en los que el pedido se hace en una tablet sobre la mesa y la comida llega a través de cintas transportadoras, u otros en los que primero se paga el plato seleccionado y luego se retira por una ventanilla. ¿En la tienda? Da la bienvenida Pepper, el famoso robot humanoide, al que se le puede preguntar cualquier cosa referida a los productos ofrecidos. ¿Un café por la tarde? Hay máquinas expendedoras de bebidas por doquier, capaces de arrojar una lata de café caliente (¡también hay sopas!). Y así pondrían pasar horas y horas.

3- El orden hace al progreso
 
Filas, filas, filas. Para todo. Para subir al vagón del tren. Para esperar un ascensor. Para, ¡esperar que cambie el semáforo! Y, como son muy visuales, hay guías en los pisos para facilitar este orden. Incluso, toda la ciudad está atravesada por unas línea de baldosas amarillas con una textura particular para que los ciegos puedan manejarse con total independencia. También hay áreas designadas en algunas esquinas para los fumadores (paradójicamente, se puede fumar en casi todos lados menos en la vía pública). Fuman ¡muchísimo! Por eso, en las estaciones de tren o en las tiendas suelen haber salas especiales. En los cruces peatonales, nadie se roza, ni siquiera en el de Shibuya, que es uno de los más concurridos del mundo. Y si alguien está enfermo o resfriado, usa un barbijo para no contagiar a nadie. De esta forma, las cosas siguen su curso, todos se mantienen saludables y activos. Además, los japoneses son muy respetuosos de los horarios. Si el tren está anunciado a las 12:03, a esa misma exacta hora parte del andén, ni un minuto más ni un minuto menos. Creo que es la única forma de que un país con tantos habitantes funcione como un relojito suizo.

4- Las apariencias engañan
 
A pesar de que hasta en las mismas terminales de trenes hay tiendas como Louis Vuitton, Fendi, Prada y Bottega Venetta, por mencionar algunas, los japoneses no son para nada ostentosos. Visten con ropa de calidad, pero con modestia. En las calles no se ven autos muy lujosos. De hecho, para mi sorpresa, se ven pocos autos (contrario a lo que cualquiera imaginaría, no hay atascos, principalmente porque la gente usa el transporte público). Con la escena gastronómica pasa algo similar. Detrás de una humilde fachada o escondido en una estación, uno puede encontrar un restaurante con dos o tres estrellas Michelin. Normal, teniendo en cuenta que Tokio es la ciudad con más estrellas de esta prestigiosa guía. Por otra parte, en un país innovador en materia tecnológica como este, uno espera palpar ese desarrollo en sus ciudadanos. Nada más lejos que eso. Ví japoneses trabajando en cafés con computadoras portátiles que creía extinguidas o enviando mensajes desde los clásicos teléfonos celulares con tapa, de teclas duras y pantalla en blanco y negro (¿smart qué?).

5- Las modas no pasan (del todo) de moda
 
Tokio se ganó la fama de factoría de tendencias pero, a diferencia de otras ciudades, no las sentencia a muerte sino que las va sumando a su repertorio de subculturas. Hay lugar para todo y para todos los gustos: góticos, lolitas, otakus, oji girls, fairy kei, kawaii boys… El barrio de Harajuku es, sin duda alguna, el termómetro del estilo callejero. Luego, las revistas se hacen eco y ponen etiquetas. La fiebre sube. Aparece un icono, una chica o un chico que encarna ese estilo a la perfección (a modo de ejemplo, Peco y su novio Ryucheru, los personajes del momento). Se crea un club de fans, una marca, un canal en YouTube, quizás un juego, se organizan eventos, los programas de televisión hablan de ellos, los invitan… y así se alimenta una moda. Pueden surgir nuevas, pero lo que se genera con cada una es tan fuerte, desde el punto de vista cultural y comercial, que apenas puede verse opacada. Siempre habrá seguidores dispuestos a seguir o detractores abiertos a lo nuevo. Sin embargo, el circuito está cambiando poco a poco. Los jóvenes locales ponen el ojo en los turistas y en las grandes marcas que abren sus tiendas en sitios claves como la calle Takeshita Dori, otrora epicentro y hervidero de las subculturas. Entonces ven sus espacios tomados, tiendas tradicionales que cierran y turistas que pagan para vestirse como ellos. Mientras que ellos anuncian su declive, los occidentales se siguen llenando los ojos y sorprendiendo a cada paso.
La nostalgia es otro factor que impide que las modas se diluyan. ¿Se acuerdan del Tamagotchi, aquella mascota virtual de la que uno tenía que estar pendiente y satisfacer sus necesidades a toda hora para evitar que muera? Para algunos puede ser un recuerdo, pero en Japón sigue existiendo. En Harajuku, justamente, hay una tienda entera dedicada a este juguete, con ediciones limitadas, accesorios y todo tipo de merchandising.

6- El silencio es sagrado
 
La introspección es un eje central en la cultura oriental. Y, en un país con tantos habitantes, ese espacio para la reflexión podría verse amenazado con gran facilidad. Sin embargo, el orden establecido lo favorece. Como muestra bastan los trenes, donde está prohibido hablar por teléfono para no molestar al resto. En algunos, hay cabinas destinadas a este fin. La gente, en cambio, se sumerge en su pantalla silenciosa de celular para jugar a algún juego, leer un libro o, simplemente, deja caer su cabeza hacia adelante para dormir. Pero, en general, son hombres y mujeres de pocas palabras. Muchas veces, les alcanza con un gesto, quizás un asentimiento con la cabeza o una respetuosa inclinación. Y la forma en la que gesticulan también dice mucho de su cultura. Si quieren indicar algo en un mapa o en un escrito, lo señalan con la palma hacia arriba y sin apuntar con un único dedo; las tarjetas personales o documentos importantes se entregan y se reciben con las dos manos; si abandonan una sala, lo hacen sin dar la espalda. Son muy amables con los turistas y, a pesar de no hablar otro idioma más que el japonés, se hacen entender a fuerza de señas y ofrecen su ayuda sincera. Que no te sorprenda que te pidan disculpas por hacerte esperar… menos de un minuto.

7- El sushi tal como lo conocemos es puro cuento
 
Bueno, bueno, ¡vaya invento el del sushi! Ni se te ocurra pedir un California roll, menos que menos un Tex-Mex roll, porque no existen en las cartas. Resulta que el que conocemos es una adaptación cultural. Aquí, nada de Philadelphia, ni salsa de maracuyá, ni crocantes de batata decorativos. Es simple, la base del sushi son los niguiris y algún que otro maki. Se sirven frescos, hechos a pedido y a la vista de los comensales, sobre una hoja de bambú. En Japón, el salmón no tiene el monopolio de las piezas. Un mundo nuevo se abre ante la variedad de pescados: atún, anguila, langostino, erizo de mar, pulpo, entre otros. Pero eso no es todo, también hay distintos cortes de pescado. En el caso del atún, uno puede elegir entre red tuna, red fatty tuna y medium fatty tuna. Los locales piden uno o dos de cada uno (de ahí que se miraran desconcertados entre sí y lanzaran una pequeña risita cuando pedí seis piezas de uno). Lo mejor es sentarse en el mostrador, frente al chef. Uno anota su orden y se la entrega directamente. Inmediatamente llega la pregunta “¿wasabi?”. Si la respuesta es afirmativa, vendrá incorporado entre el arroz y el pescado. La etiqueta indica que hay que comerlo de inmediato como forma de mostrar respeto y para que no pierda frescura la pieza. Está permitido usar las manos y hay que tener cuidado al manipular los palitos, pues resultaría grosero apuntar a alguien con estos o clavarlos en el plato (símbolo de muerte). En casi todos los restaurantes, se acompaña con té verde, dispuesto al alcance del cliente para que él mismo mezcle el polvo con el agua caliente que sale de los grifos en la mesa.

8- Jugar es también cosa de adultos
 
Y se trata de un capítulo importante, porque el tiempo libre escasea para los japoneses, entonces se lo toman muy enserio. Es sabido que los karaokes son uno de sus pasatiempos preferidos, pero no el único. Gustan mucho de los cafés temáticos (los hay hasta de gatos y búhos), de las películas y la música. Tower Records es la meca; aunque en otros países cerró, en Tokio tiene dos sucursales que funcionan maravillosamente bien. Todavía existen, aunque no lo crean, tiendas enormes para rentar CDs y DVDs (¿dije que los nipones son algo retro?). También disfrutan de disfrazarse y adoptar nuevas personalidades, especialmente de personajes de animé. Famosos son los rockabillies, durante la semana oficinistas, que se adueñan de la entrada principal del Yoyogi Park los domingos y bailan hasta gastar sus botas de cuero. En el barrio de Akihabara hay edificios enteros con salones arcade y allí los japoneses se escapan de la rutina. En un piso, videojuegos históricos; otro, repleto de UFO Catchers, esas máquinas en la que el jugador maneja una pinza e intenta llevarse un premio; en otro, stands cerrados para tomarse fotos y luego retocarlas y decorarlas. Y así. Otros centros bien concurridos son los de pachinko, una actividad en apariencia recreativa pero, en definitiva, de apuestas. Encontrar un sitio libre puede ser imposible. Y es que los japoneses pueden pasarse largas horas, inmersos en una nube de humo, delante de estas máquinas que recuerdan al pin ball y en las que el premio son unas bolitas metálicas que pueden cambiarse por objetos. Haciéndole trampa a la ley, estos objetos, a su vez, se intercambian por dinero.

9- La belleza radica en lo simple
 
Los japoneses admiran los detalles, ya sea la presentación de un plato, el modo de servir el té, la delicadeza al recortar las hojas de un árbol para darle cierta forma, la coreografía para doblar una prenda, los pliegos de un envoltorio de regalo o el ritual que implica vestir un kimono. Detalles que parecen detener el tiempo y que involucran pasos a seguir, un método, una dedicación. Lo hacen, además, con mucha gracia y con movimientos casi quirúrgicos, como si escondieran secretos ancestrales. En un país donde todo pasa rápido, la supervivencia de las tradiciones depende de que se transmitan con pasión y minuciosidad. Y estas hacen gala de una simpleza zen. Al igual que los jardines, verdaderas obras de arte que despiertan los sentidos. Cada elemento está puesto armoniosamente en su lugar. No es casual que el arquitecto más célebre de Japón sea Tadao Ando, maestro de las líneas puras en concreto. Este autodidacta, en vez de poner el foco en las fachadas, busca generar sensaciones en quienes recorren los interiores de sus obras. Creo que su práctica es el más fiel reflejo de la cultura japonesa.

10- Un “gracias” nunca está de más
 
Antes de viajar a Japón, aprendí algunas palabras básicas como “hola”, “buenas noches” y “gracias”. Pero en mi estadía, entendí que a ese “gracias” no se responde con un “de nada” sino con otro “gracias”. Y que existen varias formas de mostrar gratitud que varían según el contexto y la formalidad. Por eso, el diccionario japonés contempla distintas expresiones para agradecer. Una de estas es sinónimo de “disculpa”, y es una forma de agradecer disculpándose por la molestia que le generó a otro. El lenguaje corporal acompaña el diálogo: reverencia seguida de reverencia; cuanto más baja, mayor es el respeto demostrado (el máximo es una inclinación de 90 grados).