Motia Khan: un refugio en India

Foto: Motia Khan.

Agostina Di Stefano usa bindi y un aro en la nariz, se sabe los hits de Bollywood, viste dupatta y mueve la cabeza como un “no” para decir que “sí”. Llegó a Nueva Delhi desde Buenos Aires hace tres años y, como dice ella, India la adoptó. Lo cierto es que ella también adoptó a la India, no solo porque se llenó con su rica cultura y costumbres sino porque miró directo a los ojos de la cruda realidad de su gente. Más aún, les ayudó a curar y aprender desde Motia Khan. En breve, esta maestra de profesión y vocación parte rumbo a Bali, hacia un nuevo capítulo de su vida. Mientras tanto, este merece ser contado.

¿Qué te llevó a la India?
En 2014, a mi novio, que trabaja para Médicos sin Fronteras, le ofrecieron irnos a India para hacer una misión-familia. Hacía tiempo que él quería que nos fuéramos de misión, pero yo no quería porque me encantaba Buenos Aires y me gustaba trabajar y vivir ahí. Así que siempre le decía que no. Pero cuando escuché que esta vez se trataba de India le dije que sí. Así fue como llegamos, gracias a él.

¿Cuál fue tu primera impresión?
Yo tenía bastante miedo de India. Si bien estaba muy entusiasmada con la idea de venir, me daba miedo porque soy muy sensible al dolor humano y sabía que acá me iba a encontrar con las cosas que más me conmueven: mucha injusticia social, derechos vulnerados, gente muy muy pobre, mutilados… cosas que a mí ponen muy mal. Bueno, a cualquiera le ponen mal pero a mí particularmente me hace mal. Cuando llegué, el choque fue muy fuerte: la cantidad de gente en las calles, las condiciones en las que viven y, aparte, el calor que hacía cuando llegamos. Hacían como 50 grados, nunca había vivido un calor así. Nunca me voy a olvidar el día que llegué, abrí la ventana y la sensación fue la de abrir un horno. Fue difícil. Al principio tuve ataques de ansiedad. Fue duro, pero después fue pasando. Hablaba con los expatriados y todos me decían que les había llevado un año adaptarse a India. Entonces ya sabía. No estaba mal, pero tenía mis bajones y excitaciones. Estaba como frenética de excitación por las cosas que pasaban afuera. Salía a la calle y, de repente, veía un elefante o gente disfrazada de mono por el dios Hánuman, o iba a un templo y la música era enloquecedora. Me excitaba muchísimo todo eso y después veía, por ejemplo, a alguien sin una mano y me agarraba un bajón.

¿Qué es Motia Khan?
Cuando llegué a India lo primero que hice fue buscar algo para hacer. Entonces empecé a buscar ONGs donde pudiera trabajar como voluntaria. Pasé por algunas pero ninguna me terminaba de cerrar. Un día, la mujer del jefe de misión de Médicos sin Fronteras volvió de sus vacaciones después de tres meses; yo estaba de ONG en ONG buscando algo para hacer, y ella me dijo que tenía que ir a Motia Khan. Motia Khan es un shelter, un hogar, un edificio donde hay familias que viven ahí como acampando porque no es que tiene divisiones. Es un edificio abandonado. Ella y un grupo de francesas iban dos veces por semana y distribuían leche, avena y hacían otras cosas como dar vitaminas y calcio a los chicos. Como ella es médica, trataba las cosas sencillas. Me advirtió que Motia Khan era duro pero insistió para que vaya. Un día fui con ellas y, obviamente, fue un shock. Es impresionante porque la gente que vive ahí es gente que trabaja en la calle, que nunca fue a la escuela (ni sus padres, ni sus abuelos, nadie fue a la escuela nunca), están desnudos, no hay baños…

¿Qué te unió para siempre a ese lugar?
Yo empecé a trabajar ahí con las francesas pero, claro, ellas iban dos veces por semana y yo quería ir más veces, quería algo que me involucrara más. A mí me quedaba a trasmano este lugar, como a 45 minutos de mi casa. Pero el día que llegué, el primer día, vi a una nenita que se llama Chenna que no podía caminar de lo desnutrida que estaba. Vos la querías parar y no podías porque se caía; y tenía una panza llena de parásitos. Después de esa vez las francesas se tomaban vacaciones y ya no se podía ir como por un mes. Esa nena no podía estar un mes más así con esa panza. Entonces le fui a comprar el antiparásito y después volví para ver cómo estaba. Y así fue como volví a Motia Khan. En realidad, ese primer día me asusté un poco pero seguí yendo.

Superado ese shock inicial, ¿cúales fueron los siguientes pasos? 
Empecé a ir primero con las francesas dos veces por semana, y después empecé a ir tres, cuatro, cinco, seis veces por semana… Un día llevé, para probar, libritos para colorear y un bolso lleno de colores. Se coparon muchísimo. Había niños de 6 u 8 años que nunca habían agarrado un lápiz en su vida. Los padres también se pusieron a pintar, estaban fascinados. Ahí pensé que sería bueno usar uno de los cuartos como aula y hacer una escuela, porque evidentemente esa gente lo quería, no era que se lo estaba imponiendo. Ellos lo estaban pidiendo, les encantó la experiencia y querían. Entonces empecé a mover mis contactos en Argentina y abrí una lista de deseos en Amazon India con cosas que necesitábamos para abrir la escuela. Y un montón de gente compró cosas y me las mandaron a mi casa. Con eso arrancamos la escuela. Contratamos dos maestras de la comunidad que hablaban hindi y un poco de inglés para poder trabajar. Después nos unimos a una ONG india, ellos pagaban una maestra y nosotros, otra. Y así estuvimos desde noviembre de 2014. Los chicos se tuvieron que acostumbrar a estar en una escuela, no estaban acostumbrados a sentarse, no estaban acostumbrados a escuchar al profesor, no estaban acostumbrados a escribir, a nada. A los cinco minutos se iban a la calle, después volvían y así. Fue todo un proceso. En 2016 decidimos pasar a otro lado porque el shelter está lleno de ratas y no hay baños. Con la ayuda de unas empresas francesas, alquilamos nuestra escuela a una cuadra del shelter. Y así pudimos llegar a más niños. Hoy, son 120 niños que comen y estudian, mientras sus madres también aprenden en un taller de costura que tenemos.
Más allá de eso, me encargué de los casos de niños desnutridos, con raquitismo, los que tenían que ser operados… usando siempre el hospital público para gastar lo menos posible. Pero igual significó un dineral porque había muchas cosas para hacer, había mucha gente enferma, mucha gente que necesitaba una operación hacía años. A diferencia, quizás, de África, acá hay muchos hospitales, pero si vos sos un dalit o una persona muy pobre se te dificulta llegar porque no sabés leer y nadie te ayuda, los médicos no te atienden porque estás sucio y porque sos pobre. Y es así, no tienen ningún prurito, no es que el pobre llama a un abogado y los denuncia, ellos aceptan el maltrato del otro, del que está más arriba. Lo que hice yo fue ayudar a esta gente que ya estaba acostumbrada a que no le prestaran atención. Cuando yo iba con ellos, al ser blanca, los atendían más rápido.

¿Quiénes son los dalits?
En el hinduismo está el sistema de castas, aunque fue abolido en 1952, sigue bien vigente. Por un lado, están los brahmins y, por otro, los dalits. Los brahmins son los sacerdotes o los que tradicionalmente eran sacerdotes, los que tienen el mejor linaje. Los dalits, en cambio, son lo menos de la sociedad, son los pobres que viven en la calle, que trabajan como vendedores de globos o de lo que pueden, o mendigan. En Motia Khan algunos son dalits pero otros son tribu, que es aún peor porque ni siquiera son calificados como dalits. Son de la tribu Pardhi, de otro estado, Maharashtra, que es donde está Mumbai. Sé que son tribu porque hice un censo de todo el shelter. Pero para la gente, son lo mismo que los dalits: no tienen derechos, no saben su edad, no tienen papeles. Recién ahora están teniendo papeles, bueno, una tarjetita que dice que nacieron cuando a ellos se les ocurre porque no saben ni su edad ni nada. Y ahora, por lo menos, tienen la tarjetita porque hay una ONG que se está ocupando de eso.

¿Qué aprendiste de ellos?
Aprendí muchísimo de ellos. Aprendí a ser paciente, a aceptar… Y todo el mundo me dice “bueno, aceptar es ser sumiso como los indios”. Es verdad, los indios son sumisos. Pero estoy hablando de otra manera de aceptar, aceptar activamente. De hacer y de querer cambiar pero, a la vez, estar en paz con lo que no se puede cambiar. Tratar de cambiar las cosas que queremos cambiar pero con una actitud más tranquila. Para que te vaya bien en India tenés que tener mucha paciencia porque las cosas te superan. Te pasa, por ejemplo, que salís de tu casa y hay una procesión multitudinaria de Ganesh que te impide llegar a donde tenías que ir, entonces los planes se cambian. O por el monzón está todo inundado. O andas con una bolsa de fruta para comer cuando llegues a tu casa y te la roba un mono. Te pasan cosas locas. Y, sobre todo, ves mucha gente sufriendo, mucha gente trabajando como loca y viviendo en condiciones terribles, eso te hace valorar lo que tenés y lo afortunado que sos. Me gustaría no verlos sufrir pero, lamentablemente, es así.

Y aprendiste de su cultura también…
Yo me abrí muchísimo, me encantó la cultura. Me pegué mucho con los indios. A mi novio, de hecho, no le gusta India, ni la cultura, nada. A mí me encanta. Enseguida aprendí palabras en hindi, me empecé a copiar los gestos (los indios gesticulan mucho), me aprendí todo. Me gustó mucho la música, todo, todo. Me fascinó la India, entonces eso hizo todo más fácil. La gente siempre fue muy amorosa conmigo. No solo estaba abierta sino que me dediqué a escuchar, aunque no me gustaran algunas cosas, me callaba y aprendía de ellos. Después, de a poquito, fui poniendo lo que yo pensaba que podía mejorar. Por ejemplo, los maestros indios sientan a sus alumnos y los hacen repetir, se aprende por repetición, y las aulas se llenan, quizás hay hasta 100 niños por aula. En vez de tratar de imponer lo que yo conocía, traté siempre de ser respetuosa y, desde un lugar de crítica constructiva, ir cambiando de a poquito lo que a mí me parecía que era justo. El no querer imponer es importante, eso me hizo tener mucha suerte con los indios.

¿Hay alguna anécdota en particular que te haya quedado grabada?
¡Miles! Pero hay una que me encanta y que no cuento mucho. Un día, llegué a trabajar y me pidieron por favor que vaya al tercer piso, donde me encontré con una mujer que había parido, estaba llena de sangre y tenía el cordón y la bebé como a un metro de distancia. Yo no lo podía creer. Ella estaba exhausta, no podía largar la placenta, y la bebe estaba muy fría. Enseguida la cubrí con una ropa que tenía en el bolso. Otras mujeres ayudaron a la madre tirando del cordón para sacar la placenta, hacían fuerza y ella no podía más. Llamé a la ambulancia, la llevamos al hospital y yo me quedé con su bebé. Ese día fue una locura. Ella estaba muy frágil, necesitó dos unidades de sangre, casi muere. Pero ella me miró, yo la miré y le dije que me iba a hacer cargo de su bebé. Y estuve todo el día con esa bebé, la lleve al hospital de niños, me ocupé de abrigarla y que la llevaran al lado de una estufa. Estuve ahí para ponerle el pañal y para ponerle la vía con la leche. Fue muy emocionante hacer eso, porque fue de madre a madre. Sabía por lo que estaba pasando esa mujer porque soy madre y me imagino lo que debe ser no tener fuerzas para nada. Nos miramos y ella se quedó tranquila porque sabía que yo iba a estar ahí. Para mí eso fue muy movilizante. Nos conocíamos de vista, no es que era una amiga mía. Además, yo hablaba poquito hindi en ese momento, entonces ni siquiera podía hablar. Fuer algo así de mirarnos y de ella saber que yo iba a estar ahí, y de mi parte decir “no te preocupes”. Fue muy fuerte para mí y fue una responsabilidad muy grande que, a la vez, me dio mucha satisfacción. Con esto no quiero decir “qué buena que soy, la ayudé”, sentí que confiaba en mí y eso fue muy importante para mí.

¿Qué te genera tener que irte de India?
Irme de India es una tragedia que estoy viviendo ahora y que es muy dolorosa. El año pasado me enteré que me quedaba sola porque mi novio ya no quería quedarse. La verdad es que yo me quedaría a vivir acá pero él no quiere. Me dijo que este iba a ser el último año que se quedaba. Así que ya el año pasado estaba mal porque sabía que me tenía que ir. Después me relajé. Ahora que falta poco para irme, me parece terrible. Armar la escuela desde cero, verla funcionar, ver a los chicos crecer y ahora tener que dejar, no es fácil. Acá me siento cómoda, siento que India me adoptó, me siento como una más y siento que es mi segunda patria. Es muy doloroso para mí tener que irme. Siento que se me va todo, como si algo se estuviera por terminar para siempre, aunque en verdad no es así porque voy a seguir unida a Motia Khan, voy a seguir viajando. Pero se termina el ciclo de estos tres años que fueron los más felices de mi vida. La escuela va a seguir. Para mí es doloroso quedarme sin ellos. Sí me da pena que hay cosas que no se van a poder cubrir, como lo de llevar a alguien al hospital porque no hay otra persona que lo haga actualmente. Esas cosas van a faltar.

Aprendí a ser paciente y a aceptar activamente, es decir, haciendo y tratando de cambiar las cosas pero, a la vez, en paz con lo que no se puede cambiar.Agostina Di Stefano